Vergüenza. Me inundas día tras día, sabes que no me hace ninguna gracia cenar contigo y escucharte soltando despropósitos. Me haces sufrir pensando en lo poco que valgo agarrándome a mis sentimientos. Eso no debe ser así, me gritas en la cara, ¿es que no lo ves, estúpida, desagradecida, orgullosa? Sigue así y seguro algún día sabrás lo penetrante que es este dolor, porque al fin y al cabo la vida nos lo devuelve todo, y serás tú que lo recibirá y lo sentirá del todo.
Cuando algo sobra - siquiera sea el amor, la atención o la admiración - no te queda otro remedio que tratar de quitártelo del medio. Disminuir la densidad, librarte, salir corriendo a tomar un poco o mucho de aire neutral. Fuera de la jaula de emociones, fuera al campo. Correr y correr y correr y correr sin mirar hacia atras, riéndote a toda voz, tropezar, caerte, arrepentírte de que lo has rechazado todo así de un plumazo. Sin levantarte, ponerte a llorar sin consuelo (estando a solas en pleno campo, qué más da), inundándote en lágrimas, murmurar entre llantos mil veces "lo siento", pero en vano, ya nadie te presta la atención. Darte cuenta de que no puedes acordarte del camino para atrás porque lo has corrido tan entusiasmado, agitado, libre y solo.
Ir arrastrando los pies, volver a darte cuenta de que sigues murmurando.
Lo siento, mamá. Lo siento tanto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario