Este sentimiento de querer hacer todo y no saber por dónde empezar al mismo tiempo. Todo porque sigo en duermevela y ni siquiera sé si quiero que algo me despierte.
Nunca sabré si hubiera sido mejor decir adiós breve y duro al España en el que he vivido casi un año o aguantar esa zona off-shore que me quitó totalmente la sensación de seguir en el mismo país pero, posiblemente, impidió que tuviera un choke cultural al volver a casa. Salou, la ciudad menos española que jamás he conocido hasta el día de hoy y espero nunca tener que volver a ver.
Ahora da igual. Se acabó, junto con excursiones de turistas abejitas, las mañanas en la playa, cortos viajes a los alrededores de Salou y no tanto alrededores. Se me acabarón los ingredientes de esta sopa de verano eterno de España, habrá que ir otra vez al mercado mental y sacar fuerzas y recetas para hacer otro plato del presente con lo que tengo al volver de mi sueño naranja.
Sigo saboreando el desayuno a la española que llevé preparando dos años y pico. Duró 318 días, estuvo riquísimo, me gustó tanto que seguro volveré a hacerme el almuerzo y la cena. Mientras tanto vivo de las emociones que me han llenado el año y la esperanza. Siempre hay algo más allá de lo obvio, aunque a veces parezca que existen límites y muros. Por ahora que se quede así, aventuras, cenas, amigos, amor, conversaciones, fiestas, estudios - un año completito, sabroso, no le ha faltado nada. Algo sí que queda por desarrollar, vivir, descubrir. No sé qué será de las semillas que he sembrado. Tendré que volver pronto, no se puede dejar las cosas así de queridas mucho tiempo sin cuidar.
La vida nos sonríe con señales de humo.