El ser humano. En general considerado el especie menos viable y más inútil en la naturaleza. Todavía él mismo con toda seguridad se posiciona como el dueño de todo el mundo. Aun así se desmaya al instante ante la fuerza de la naturaleza negando a aceptar que él tiene la culpa alguna. Y sigue, sigue corriendo sin mirar a sus lados, sin hacer el menor esfuerzo para tratar de entender mejor lo grande que lo rodea, a que debe mucho por su existencia.
Si paramos un momento, miramos hacia arriba o abajo o cualquier dirección sea - de repente se nos abre la vida en sus matices más auténticos. La vida que seguirá si desaparecemos, que será igual de hermosa y serena sin nosotros.
Hoy mismo estaba dando un paseito por el parque al lado del Centro Andaluz del Arte Contemporáneo disfrutando del silencio lleno de viento y susurros de las aves. Poca gente y mucha libertad. Andaba sin prisa y dejé las sensaciones llenarme. Me llamó atención la cinta negruzca que serpenteaba por el camino. Al acercarme me di cuenta de que aquella era la fila viva de hormigas cruzando la calle. Me pareció caos al principio lo que hacían chocando uno con otro, yendo en las direcciones opuestas. Después me enteré de que cada uno tenía su propio ritmo que coincidía a cierto nivel con el de los demás. Aquello era increíble en su hermosura. El orden y la belleza infinita de la naturaleza. Se rompió en pocos segundos. Al aparecer un grupo de visitantes, se dirigieron hacía donde estaba yo observando las hormigas. "Cuidado, mirad, que las hormigas están cruzando el camino", dije yo. Algunos me miraron sorprendidos y algo incomprensibles. Seguieron caminando sin mirar más abajo, donde nacía una pequeña tragedia. Yo me sentí como si me hubieran pisado a mi misma. ¿Por qué nadie intentó pasar sin romper aquella fila de hormigas? Tenían todo el derecho de vivir, seguir cumpliendo su pequeña misión importante.
Ojalá miraramos más alrededor de nosotros para ver que la vida no es sólo lo que nos imaginamos sino también lo que nos rodea en plena luz del día. Ojalá notaramos esta belleza ingenua y alucinante en su sencillez. Ojalá supieramos tratarla bien y con respeto. Porque no sabemos lo que tenemos. Escuchamos poco a la naturaleza. No contamos los latidos de su corazón tras el ruido de nustros propios pensamientos. Deberíamos hacerlo, y cuanto más lo haríamos, mejor entenderíamos la suerte que tenemos. El mundo precioso y asombroso que nos da lo todo y a que debemos dar más a cambio nosotros.

