martes, 19 de febrero de 2013

La ciudad que sonríe

Creo que fue Simone de Beauvoir quien dijo que si uno pasaba una semana en un país tenía material para escribir un libro; si un año, un artículo, y si permanecía diez años, entonces era absolutamente incapaz de escribir nada.

En mi caso fueron dos días y Cádiz. La ciudad que sonríe. El lema tan bonito como el amanecer que le saluda cada día con la brisa turquesa y el canto de las gaviotas.
No me lo creí primero cuando me dijeron que era rodeada por todos lados del mar. Parecía demasiado a un sueño. Al salir de la estación y oir a las gaviotas, aspirar el aire que olía al mar, me entregué a aquel sueño sin pensar dos veces. Y ni una sola vez me lo arrepentí.

El carnaval de Cádiz es una locura muy preciosa. Todo el mundo vestido de todos tipos de personajes de los cuentos, películas, canciones y la vida real. De tal manera una persona sin un disfraz parece más exótica que los que llevan alguno. Chirigotas y desfiles, bares, confeti, mucha marcha y risas - todo mezclado en un vértigo de la fiesta que no se para ni al caer la noche.

De día Cádiz goza del sol y imaginación, las calles tienen cada una su ritmo y sus enigmas, el mar cambia del humor y toma los colores del cielo. Si sabes ver cosas contadas, poco comúnes e interesantes, no habrá límite de los descubrimientos en esta ciudad. Te lo ofrece todo y no te pide nada a cambio. El amor incondicional y puro que te queda desarmado y crédulo.

Yo apenas conocí la mitad de Cádiz, el resto me queda para la próxima vez, ya sé que me costará esperar. Me alegro de saber que algún día volveré a andar por sus calles. A veces no hace falta disfrutar de algo de un tirón, a veces merece la pena dejar una parte para después. 

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