domingo, 19 de mayo de 2013

A solas.

Un amigo me ha dicho que la soledad es el estado más natural para nosotros, que nacemos solos y morimos solos. La soledad nos sigue por la calle pisándonos los talones, nos despierta por la mañana, nos habla en los sueños y sólo se calla empujada en un rincón cuando le damos una buena patada y quedamos con unos amigos. Se rinde sólo para volver a mirarnos a los ojos y agarrarnos con más firmeza más tarde. 

La trato de sentir esta idea, la de lo natural que es la soledad en nuestra vida. Y no me llega a convencer. No me sale bien fingir y hacerme creer que tengo que acostumbrarme a vivir con ella como mi amiga más íntima y verdadera. Que le den, quiero que se vaya a buscar la vida en otro lugar, que son muchos en la tierra. Ya ha vivido demasiado tiempo a mi lado, y nunca ha pagado ni una vez el alquiler. No es nada natural, no lo creo y no quiero fingir. 

Por lo mucho que diga todo esto, me doy cuenta de que no se cambia mucho la cosa. Sigo estando harta de buscar a alguien con quien dar una vuelta, ir a la playa, jugar al bádminton, leer en un parque, pasar la tarde. Muchas veces no encuentro a nadie, todo el mundo ya tiene otros planes para esta vida. Yo quedo sin otro remedio que mirar a la soledad riéndome en la cara. Me amargo, y no me lo quita este sabor a ajenjo ni helado ni chocolate ni la misma mañana bulliciosa y llena de la gente. 

Soy una soñadora irremediable. Y aunque vuelva a sentarse aquí a mi lado la soledad, le hago caso omiso. Me imagino cosas, quizá es menos natural todavía que estar sola, pero así me siento mejor, así tengo tiempo para inventarme un nuevo cuento que me renueve la esperanza y aleje lo que algunos llaman el estado más natural de una persona. 

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