Abro los ojos escuchando la mañana. Suena bien, suena a Madrid, al ritmo de su corazón. Me levanto y salgo para empezar el día en el Rastro que se va despertando hacía la ronda de Toledo. Me pierdo por un rato entre la gente sacando de memoria todo lo planeado para el día. Después el metro me lleva hacía Iglesia, donde me toca descubrir el Madrid más tranquilo y pensativo. El Museo de Sorolla con sus cuadros volantes y ligeros, de gasa y brisa; el Museo de la escultura al aire libre y plaza de Colón. Damos un paseo conversando lisa y llanamente, Madrid y yo. Nos reímos como locos ante los espejos en el Museo de Cera, los que te hacen parecer a un enano o un granadero. Nos calmamos al entrar en la magia de impresionismo y postimpresionismo en el Museo Mapfre.
Un descanso para el almuerzo y me llegan fuerzas para descubrir el Lavapies. En el camino se me muere la batería del móvil y nace una nueva aventura. Me encuentro en el parque de Casino de la Reina donde me llama la atención el partido del tenis de mesa. Ya que me he prometido probar, experimentar y descubrir, pido a los chicos que me enseñen a jugar, y la media hora siguiente me meto en el ambiente de deportistas empedernidos. Todavía me sigue la sensación de tener la raqueta en la mano cuando me despido de ellos y me pongo a caminar hacía la calle Bailén. El móvil muerto, ni llevo el reloj encima. Qué sensación más curiosa da preguntar a alguien en la calle "Perdón, ¿qué hora es?". En los tiempos cuando nos rodean por todos lados las máquinas ya no nos hace falta comunicar tanto ni hacer la pregunta más sencilla y común que ha caído en desuso.
El día se va entremuriendo en la plaza de Armería. Me hago un poeta por un rato y me entrego en las manos de inspiración dejándoles caer a la papel unas líneas en las que le hablo a Madrid. El atardecer me coge contemplándolas, y las guardo en el bolsillo junto con las últimas rayas del día. Ya tengo un esbozo de ti, mi Madrid, y mañana te seguiré dibujando.
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