domingo, 28 de abril de 2013

7-1=6. Así te recordaré.

Me encanta moverme. Trenes, aviones, coches, bicicletas, espaldas de osos (ironía ON). Según dicen, el viaje no consta de sí mismo sino del movimiento constante, de la búsqueda de caminos, de la anticipación de novedades. 

Esta vez mi novedad fue la Capital Europea de la Cultura del año 1992 (sí, ahora mismo os hago comprobarlo en Wikipedia). Estuve un par de veces antes pero nunca pude decirle "hola" en voz baja y crédula, mirarle en los ojos y distinguir los colores de su alma. Entonces me tomé otra oportunidad. Esta vez decidí vivir a tope seis días del viaje que me había regalado y lo hice así de fuerte que casi llegué a conocer Madrid mejor que a mi propia ciudad.

Atocha, sábado, las 10 de la mañana. La primera impresión: fresquito y el sol. La segunda: el olor a las aventuras y la liberación. Apenas tuve tiempo para coger el corazón que casi se me escapó volando hacía el cielo bajo el que se despertaba lentamente y aspirando al nuevo día Madrid. 
Seis días, siete, diecisiete o sesenta o setecientos, cada uno toma el tiempo que necesite para conocer las estaciones ciertas de la vida. A algunos aquí no les bastan dos semanas, otros se beben las calles en un día. Unos se llevan sonidos, miradas, colores y gestos, otros - camisetas con Guernica y imanes con Cibeles. 

A mí no me gustan mucho las excursiones organizadas ni todos esos tipos de pasatiempo cuando te meten en un grupo así practicamente pegándote en el frente una etiqueta que pone "guiri". El correspondiente tratamiento garantizado. Soy más de deambular por las calles, mirar de reojo a la gente, notar, escuchar la vida en la ciudad, visitar museos de vez en cuando y volver a caminar las calles. 

Describiré mis seis días en breve. Trataré de hacerlo en cortas líneas ya que no veo mucho sentido en inundar las páginas de descripciones detalladas y en muchas ocasiones ordinarias. Eso intentaré y ya veré cómo me sale. 

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